RENOVACIÓN DE CONTRATO por Jónatham F. Moriche
El 11 de marzo de 2004, tres días antes de las últimas elecciones generales, fanáticos islamistas asesinaron a 191 personas en Madrid. El gobierno en funciones, como colofón a una legislatura catastrófica plagada de mentiras, incompetencia y autoritarismo, desencadenó un burdo y miserable engaño masivo para ocultar la autoría del ataque y proteger las expectativas de su candidato. El descontento latente del día 12 derivó en la rebelión cívica del 13 y el vuelco electoral del 14.
Una marea de ciudadanos, la misma que había inundado las calles para decir "no a la guerra", "nunca máis" y "vuestra guerra, nuestros muertos", acudió a las urnas para impedir una nueva mayoría del PP: se votaba democracia, y se votó contra quien tan gravemente la había mancillado. En tan extraordinarias circunstancias, el socialista Rodríguez Zapatero recibió de las urnas un mandato claro: desandar lo mal andado en el cuatrienio negro del aznarismo. Pero, ¿cabía esperar algo más de él? ¿Tendría además la honestidad, la inteligencia y el coraje de abrir camino hacia el futuro, de proponer soluciones allá donde otros sólo había sembrado problemas? Rodríguez Zapatero comenzó ordenando la retirada de las tropas españolas en Iraq, un espectacular golpe de timón que iba a dar la medida de toda una manera de hacer política.
En la mejor tradición de la socialdemocracia europea, Rodríguez Zapatero ha apostado por una extensión de derechos civiles y políticos de la ciudadanía, una política global de seguridad a través de la paz y la solidaridad, una visión moderna y pragmática de los símbolos y la identidad nacional, una íntima interdependencia de desarrollo económico, equidad social y sostenibilidad medioambiental...
El proceso de paz que ha socavado la base social del terrorismo y sembrado la semilla de su final definitivo, la Ley para la Memoria Histórica que ahonda y afirma las fundamentos éticos de nuestra democracia, la independencia de nuestra política exterior, las leyes de Dependencia e Igualdad, la reforma del Código Civil, el rigor y la pluralidad de los medios de comunicación públicos o el renovado protagonismo del Parlamento son sólo algunas de las conquistas de la más fecunda e ilusionante legislatura de nuestra joven democracia y el más brillante período de nuestra Historia desde la II República.
Sin duda que Rodríguez Zapatero ha cometido errores y dejado tareas en el tintero. Sacó las tropas de Iraq, pero se ha resignado a mantenerlas en Afganistán. Ha dado pasos correctos para la rehabilitación del Estado de Bienestar, pero aún debe despegarse más, mucho más, del errado modelo neoliberal, devolviendo al sector público un papel central de la vida económica del país y poniendo fin al desvarío especulativo del ladrillo y la hipoteca. Ha apostado por las energías limpias, pero no ha concretado el calendario de cierre de las centrales nucleares ni cumplido en su integridad los compromisos de Kyoto.
Le ha faltado fuelle para enfrentarse a la insoportable chulería de la Conferencia Episcopal y no ha puesto coto a los inexplicables privilegios de la camarilla de la SGAE.Aún a pesar de estos y otros errores, un balance ponderado de su tarea habla con claridad a favor del gobernante genuinamente decente, demócrata y progresista que a lo largo de esta legislatura ha demostrado ser José Luis Rodríguez Zapatero. Por eso, a fin de que conduzca a buen término lo bien comenzado, que es mucho, y de que tenga oportunidad para enmendar sus errores, el 9 de marzo renovaré por cuatro años mi contrato de confianza con el candidato socialista.
Sin por ello abandonar el espíritu crítico y vigilante que siempre debemos mantener los gobernados hacia quienes nos gobiernan, y recordando que, para avanzar y perfeccionarse en el camino de la democracia, nuestra sociedad necesita, además de un excelente gobierno, del compromiso permanente de hombres y mujeres activos, informados y exigentes que ejerciten, con cotidiano rigor, sus derechos y obligaciones de ciudadanía.
Los amigos del Monstruo
Dentro del absoluto horror y estupefacción que provoca, en cualquier ser humano que merezca esa consideración, la brutal agresión contra una joven inmigrante en el metro de Barcelona, hay un aspecto, aparentemente secundario, que me ha causado una especial y profundísima desazón.
Afortunadamente, todo indica que el autor de la agresión va a ser juzgado y condenado con ejemplar severidad, y cada año de cárcel que le caiga a este sujeto no podrá suponer sino una mayor tranquilidad y satisfacción para cualquier ciudadano de bien de este país. Sin embargo, hay un crimen y una culpa, no tipificados en el Código Penal, pero no por ello ni menos crimen ni menos culpa, que van a quedar tan impunes como inexplicados.
Pocas horas después de los hechos, el agresor andaba tranquilamente por las calles de su barrio. Se ha producido un error en el funcionamiento de las instituciones, que se ha subsanado, y el agresor va a ser muy prontamente detenido. Grave, muy grave negligencia de la administración de justicia, pero que, como hemos visto, ha sido por fortuna corregido con firmeza. Pero lo que me parece mucho más grave, y desde entonces ronda mis pensamientos y no me deja tranquilo, es otra cosa. En sus paseos por su barrio, pocas horas después de los hechos, el agresor iba acompañado. Rodeado de amigos, que conversaban jovialmente y compartían unos cigarrillos y unas cervezas con él, con toda naturalidad, en la barra de un bar. Que incluso le abrazaban y daban otras muestras de afecto y apoyo.
Me imagino que, como los demás cuarenta millones de españoles, esos amigos y amigas habrán podido ver las imágenes de la agresión, una o quizás varias veces. Habrán visto a su amigo humillando y golpeando con saña inhumana a esa muchacha indefensa. Y ahí estaban al día siguiente, a su lado. Y ya no sé qué es más grave: que esta sociedad produzca y tolere que personas y comportamientos así tengan lugar en su seno, o que incluso después de haberse producido los hechos y revelado su naturaleza sus autores, estos encuentren quien les dirija la palabra, quien les permita entrar en su local y les sirva una consumición, e incluso quien comparta con ellos una cerveza, les abrace y les ría los chistes. ¿Han pensado esas personas en algún momento en esa muchacha del metro? ¿Se han puesto en su lugar? ¿Se la han imaginado por un momento con el rostro de su padre o de su madre, de su hermano o de su hermana, con el suyo propio?
No es un problema nuevo. Los maltratadores domésticos, los acosadores laborales, los autores de ataques racistas u homófobos o quienes agreden a maestros o médicos en sus centros de trabajo, siguen teniendo demasiadas veces quien les abrace y les ría los chistes. Y quizás eso tenga algo o mucho que ver con una sociedad en la que la intimidación y la violencia se están multiplicando como una infección incontrolada en los hogares, en los centros de trabajo, en las escuelas y en las calles, sin que nadie sea capaz de ofrecer ni una explicación convincente, ni una solución factible.
Porque, muy razonablemente, nos indignamos ante quienes vitorean a los asesinos etarras a las puertas de los juzgados, pero seguimos viendo con naturalidad que alguien se siente a tomar una cerveza con esos otros terroristas cotidianos, con quien un día sí y al otro también alza su mano contra su pareja o sus hijos, o con quien arremete con semejante brutalidad contra una muchacha anónima sentada en el metro. Una muchacha que, muy comprensiblemente, está hoy pasando un infierno cuya dolorosa profundidad nadie sino ella conoce de verdad, y que ni siquiera puede tener la tranquilidad de saber que quien ha roto su vida en pedazos es objeto del unánime desprecio de sus vecinos y conciudadanos, que nadie responde sus llamadas de teléfono, que nadie le saluda por la calle ni permite su entrada en su bar. Que es él quien ha de permanecer encerrado en su casa, presa del miedo y la vergüenza, porque todos a su alrededor van a tratarle como lo que es: una alimaña cruel y cobarde a la que aún debe restar un largo y doloroso camino hasta ser readmitido como miembro de la comunidad. Pero no. Hay quien saluda a ese monstruo con afecto, le acompaña, le abraza y comparte una cerveza y unas risas con él. Quizás, incluso, se estén riendo de su víctima, como sin duda se reía quien, al otro lado del teléfono, seguía la retransmisión de la hazaña que hacía, en tiempo real, el agresor (interlocutor que, por cierto, tampoco consta que llamase de inmediato a la policía para denunciar a su amigo, con lo que quizás debiera también dar cuenta ante la justicia por encubrimiento de un delito grave y denegación de auxilio a su víctima).
Y ahora, por favor, multipliquemos ese infierno por cada una de las miles de órdenes de alejamiento y protección, por cada sentencia por acoso en el trabajo o el centro de enseñanza, por actos de violencia de género, racista u homófoba que han dictado los juzgados españoles en los últimos años. Y reflexionemos sobre el tipo de sociedad en que nos estamos convirtiendo, y sobre en qué medida, con nuestros actos cotidianos, por acción u omisión, puede que nosotros mismos seamos también cómplices de ello. Porque, no tengamos duda de ello, cada vez que miramos hacia otra parte y decidimos que es mejor no implicarnos, cada vez que pensamos que no es asunto nuestro, cada vez que estrechamos afablemente la mano de un agresor y compartimos su mesa, manchamos nuestra conciencia con sus culpas, hendimos un nuevo clavo en el nicho de dolor y miedo de su víctima y contribuimos a perpetuar el infernal ciclo de sufrimientos que provoca la violencia. Es hora de reflexionar sobre si, de veras, queremos vivir con tamaña responsabilidad y tamaña vergüenza sobre nuestras espaldas.
Me alegrará saber que el autor de este delito inmundo va a pasar una larga temporada en la cárcel, donde seguramente descubrirá la experiencia de ser, por una vez, el pasajero más débil e indefenso del vagón. Esperemos que extraiga de ello las lecciones correctas. Pero ver a esa pandilla de sus amigos, que con sus muestras de afecto se han convertido también en sus cómplices, me ha provocado una profundísima tristeza. Porque revelan que esta sociedad está moralmente mucho más enferma de lo que pensamos. Una enfermedad moral que hoy quizás nos parece lejana, difusa, y a la que podemos la mayor parte del tiempo permanecer indiferentes. Hasta que un día nos alcance, quizás tan solos e indefensos como esa muchacha en el metro, y, mientras recibimos los golpes, oigamos una risa al otro lado del teléfono de nuestro agresor. Ese día nos preguntaremos, sin duda, por qué no nos hemos indignado, por qué no hemos actuado antes. Pero entonces ya será, otra vez, como tantas, demasiado tarde.
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Jónatham F. Moriche
En el sitio web de Jónatham F. Moriche puede descargarse el libro digital Crónicas desde el Ambroz, que recoge las columnas de opinión que nuestro colaborador ha publicado en La Crónica del Ambroz entre agosto de 2006 y agosto de 2007, en torno a distintos temas de política nacional e internacional, como las guerras de Iraq y Líbano, el juicio del 11-M, el fin de la tregua de ETA o las elecciones municipales y autonómicas del 27-M, entre otros.
Jónatham F. Moriche ha publicado con anterioridad reportajes, entrevistas y textos de análisis y opinión en periódicos como El Norte de Extremadura, Tribuna Universitaria, Tribuna de Salamanca o El Progreso de Lugo, así como en revistas académicas, culturales y políticas, como El Cuadernillo (Hervás) Vanidades, Atril, Factotum, Pájaro Palabra (Salamanca), Contratiempo (Lugo), Desobediencia global (Madrid) o Abril (Luxemburgo). En 2001 publicó junto al ilustrador Max Hierro el libro Salamanca mágica, además de estar presente en ediciones colectivas de la Editora Regional de Extremadura y la Junta de Castilla y León.
www.geocities.com/jfmoricheweb
NOTA DEL AUTOR:
Estimado lector, este cuadernillo recoge el primer año de mi colaboración en las páginas de opinión de La Crónica del Ambroz, publicación mensual del Grupo Zeta editada en Hervás (Cáceres) y distribuida en su formato impreso en las localidades del Valle del Ambroz. Estos textos aparecen aquí revisados, corregidos y ligeramente ampliados. Quiero agradecer al coordinador de La Crónica, Marcos Díaz, el haber puesto a mi disposición esta tribuna de opinión, así como el permanente cuidado que presta a la edición de los textos. Merecen también especial mención los muchos lectores y lectoras con quienes, durante estos meses, he tenido la oportunidad de mantener interesantes conversaciones en torno a las cuestiones planteadas en estos artículos. Una de las grandes virtudes de la prensa local (y singularmente de una prensa local comprometida, plural y de calidad, como es el caso de La Crónica) es precisamente ese estrecho contacto que permite mantener con los lectores, un contacto del que tanto puede y debe aprenderse siempre. Para todos ellos vaya también mi agradecimiento.
Hervás, Valle del Ambroz, Extremadura Norte, agosto de 2007
Jónatham F. Moriche
|